Agnew, J. (1994). ‘The territorial trap: the geographical assumptions of international relations theory’. Review of International Political Economy. 1 (1): 53-80. 

Agnew, J. (2010). ‘Still trapped in territory?’. Geopolitics. 15 (4): 779-784.

En 1994, John Agnew escribió un interesante e influyente artículo en quizás una de las ediciones más notables de RIPE. En retrospectiva, escribiendo en 2010, Agnew señala que objetivo no era establecer un nuevo marco teórico sobre la relación entre estado y territorio, pero sí “provocar un debate crítico en torno a un conjunto de suposiciones geográficas en el campo de las relaciones internacionales (RI) (p. 779). En particular, él quería cuestionar la idea de que las RI podían seguir siendo una disciplina relevante si seguían limitándose a una discusión desde su escala geográfica privilegiada: los asuntos globales. Sus conclusiones sugieren la necesidad de que esta disciplina proveyera mayor atención sobre el impacto de otras escalas geográficas en tanto importantes sitios de análisis. En otras palabras, para Agnew, las RI habían caído en una trampa territorial que había neutralizado sus capacidades analíticas.

Pero, ¿a qué se refiere Agnew por esta ‘trampa territorial’? Básicamente, se trata de un conjunto de suposiciones erróneas que dan cabida a una tendencia en las RI de ver el mundo como si estuviera compuesto solamente por un mosaico de estados territoriales mutuamente excluyentes (para esto provee numerosos ejemplos desde el realismo y el idealismo político). Resumidamente, el autor plantea la existencia de tres suposiciones particulares:

“La primera suposición, y la que es fundamental teóricamente, es la reificación de los espacios territoriales estatales como unidades fijas de espacios soberanos seguros. La segunda es la división de lo doméstico de lo foráneo. La tercera presunción geográfica es la idea de que el estado territorial existe previo a y como encapsulador de la sociedad (1994: pp. 76-77).

Para simplificar esta explicación, Agnew dice que el pensamiento convencional de las RI (aunque yo ampliaría esto para las ciencias políticas también), tiende a descansar en tres presunciones geográficas que lo han llevado a esa trampa territorial: 1) que los estados son y siempre han sido unidades fijas y dadas de espacio soberano, con lo que tiende a dehistorizarse y naturalizarse los procesos históricos y geográficos de formación de los estados; 2) que la política puede comprenderse en torno al uso de polaridades como nacional-internacional o doméstico-foráneo, con lo que se ha obscurecido otras interacciones y procesos sociales que operan en múltiples escalas simultáneamente; y 3) que el estado territorial se puede ver como existiendo previo a o contenedor de la sociedad en su conjunto, lo cual indiscutiblemente tiende a obscurecer la idea de que la política existe más allá de y en múltiples otras formas de organización social  que el estado o el territorio. Al respecto de este último punto, hay un pasaje que me parece extremadamente relevante:

“(…) ‘que una estructura impersonal de dominación llamada estado sea considerada como el núcleo de la política es una idea tan profundamente incrustada en nuestra forma de pensar que cualquier otra concepción de la política pareciera ser implausible y contraria a la intuición’ (Viroli, 1992: 284). Pero, este no fue siempre el caso. A inicios del Renacimiento en Italia, el término política estaba íntimamente asociado con la sociedad. Política era ‘el acto de preservación de la res publica, en el sentido de una comunidad de individuos viviendo juntos con justicia (Ibid: 2-3) (1994: 69).

Hay una discusión muy interesante al finalizar la discusión del estado territorial como encapsulador de la sociedad. El asunto tiene que ver con la idea de que los estados implican la creación de un espacio unificado y homogéneo en el cual, las prácticas sociales también resultan homogeneizadas y racionalizadas. Agnew discute cómo esta situación se convierte en un campo fértil para subordinar el espacio bajo control de los estados y, definitivamente, para transformar el territorio estatal en algo que se da por sentado, incluso en la definición misma de lo que es un estado. En este punto Agnew refiere a una cita de Lefebvre (1991: 279): “Para Hegel, el espacio lleva al tiempo histórico a su final, y, quien domina ese espacio es el estado”. Pareciera inferirse que el espacio es hecho político a través de la formación del territorio por parte del estado, lo que permite reconocer la naturaleza estratégica de éste. Pero también pareciera que se quiere decir que los estados no son formas atemporales, ni nítidamente definidas en el espacio, sino que algo que está en continuo proceso de hacerse, de forma contingente y compleja. Esto se relaciona con la forma en que el estado pareciera ser comprendido en las ciencias sociales, particularmente la falta de un entendimiento crítico sobre la espacialidad de los reclamos políticos, i.e.: la tendencia en muchos autores de no estudiar los efectos de las representaciones del espacio en la realidad social. Como resultado, el espacio es siempre visto como: 1) territorial, es decir, entendido como una serie de zonas bien delimitadas y definidas por la existencia de un estado en cada una, y 2) estructural, en tanto esas entidades geográficas tienen un efecto en las otras dado cierto tipo de interrelación.

“La cercana asociación entre sociedad y estado territorial fue reforzada con los inicios del pensamiento sociológico en el siglo XIX. Los fundamentos de lo que Smith (1979: 191) llamaba ‘nacionalismo metodológico’ llegó a prevalecer en el pensamiento de muchos exponentes. A pesar de sus profundas diferencias, (…) esta idea figura en el desarrollo de las ciencias sociales modernas, en la medida que Durkheim, Weber y Marx compartían una definición territorial de ‘sociedad’. (…). Para Durkheim (…), el estado territorial era tanto el creador como el garante de los derechos naturales del individuo en contra de los reclamos de otros grupos ‘secundarios’ locales y comunitarios. El estado garantizaba el orden social. Pero como un ‘contenedor’, también proveía la unidad territorial para la recolección de estadísticas sobre los procesos sociales y económicos que requerían las ciencias sociales empíricas para funcionar.” (1994: 69).

Aunque el artículo de Agnew de 1994 presenta numerosos ejemplos de cómo superar la trampa territorial, el de 2010 clarifica mejor los caminos para hacer esto, todos los cuales parten de un esfuerzo para cuestionar nuestras concepciones sobre el territorio:

  1. Haciendo ver al territorio y la soberanía como algo que contempla poderes putativos que no necesariamente se limitan a entidades estatales. De hecho, se enfatiza la necesidad de atender situaciones en las que actores privados y no estatales también producen resultados territoriales;
  2. Estudiando territorios y lugares como contingentes a los procesos relacionales que los crean, sostienen y disuelven. Esto implica enfocarse en cómo los arreglos territoriales que existen en un momento dado aparecen y desaparecen como resultado de movimientos y flujos de personas, capital y cosas.
  3. Recalcando la importancia de la territorialidad (i.e.: el uso estratégico del territorio) opuesta a la idea de territorio como hecho social. Nuevos usos estratégicos del territorio mediados por la definición de nuevos espacios de mercado, la organización de mandos de control militar a escala supranacional y la invención de nuevas formas de autoridad más allá de los estados son ejemplos de este punto particular.