Durante las últimas dos décadas, se ha presentado un claro renacimiento en el marco de la geografía política, ligado, en gran medida, con un renovado interés en el estudio de la soberanía nacional. Verán, por mucho tiempo, esta interdisciplina se enfocó en los arreglos del poder político en la sociedad centrándose en el lente del estado como su única perspectiva de análisis (ver Agnew, 1994 y 2009), eso sin mencionar que muchos de sus principales exponentes eran frecuentemente cómplices de los proyectos de extensión del poder de dichos estados como resultado del imperialismo (ver Smith, 2003).

Entonces, ¿cuáles son las nuevas grandes ideas que han producido este renovado interés en la soberanía desde la geografía política? Bueno, mucho tiene que ver con los recientes cuestionamientos hechos respecto a la forma en que el poder soberano funciona. Siguiendo el trabajo de Agnew (1994), abordajes recientes al entendimiento del estado, ya no presumen esta escala analítica como dada. En otras palabras, ha habido una nueva visualización sobre lo que se ha llamado las “geografías de la soberanía”, en tanto tema interés con el que se busca abandonar la exploración del Estado como una organización espacialmente coherente y donde el poder político es ejercido de manera uniforme. Y así, el análisis se ha tornado hacia la investigación de casos en que tanto el poder soberano, como la territorialidad estatal operan y son producidas de formas más ambiguas.

Así las cosas, esta renovación nace del reconocimiento de que el estado-nacion – si bien siempre entendido como una forma muy importante de organización social – realmente funciona de una manera que es más difícil de entender de lo que se pensaba en un principio. Además, si hay algo que es notable en los estudios más recientes en geografía política es que el estudio mismo del estado como núcleo del análisis político también ha disminuido, relativo a un creciente interés en comprender cómo es que el estado opera espacialmente. En efecto, la mayoría de los estudios en la materia tiende a centrarse no en el estado precisamente, sino que en cómo éste puede ser comprendido transnacionalmente, tanto como una organización capaz de ejercer su soberanía más allá de sus fronteras físicas; o en términos de su “intensidad localizada”, es decir, buscando comprender cuáles son los límites del poder estatal dentro del territorio respecto al cual reclama ser su soberano.

Las razones detrás de este nuevo enfoque en la geografía política son dos, aunque ambas están muy relacionadas. Teóricamente, el trabajo centrado en la comprensión de las geografías del poder ha sido obligado a superar la llamada “trampa territorial” (ver Agnew, 1994), es decir, la noción insidiosa – aunque incorrecta – de que los fenómenos sociales se encuentran limitados territorialmente en razón de la soberanía estatal. De hecho, con el ascenso de la globalización neoliberal, la soberanía misma del estado ha sido indiscutiblemente enfrentada, a menudo llevando a procesos en los que comienzan a multiplicarse las escalas de ejercicio del poder soberano con la aparición de núcleos de poder supranacional y subnacional (ver Walker, 2010; Ong, 2006).

Esto, por supuesto, también está directamente relacionado con la aparición de (no tan) nuevos fenómenos geográficos que han llevado a la renovación de la literatura, en especial, respecto a ejercicios particularmente notables del poder estatal en el contexto de la Guerra contra el Terrorismo desde 2001. Controversias generadas por intervenciones estatales más allá de las fronteras nacionales y sus efectos en la formación de nuevos y ambiguos arreglos legales y territoriales para el tratamiento de prisioneros, sospechosos de terrorismo y grupos de población entre fronteras de poder ha llevado a un creciente interés en análisis de este tipo (al tiempo que constituye el motivo por el cual la mayoría de la literatura tiende a centrarse en la operación de bases militares extraterritoriales, tratamiento de prisioneros y otros temas en geopolítica internacional) (ver Gregory, 2006 y 2007; Sidaway, 2010). Con eso dicho, las posibilidades para esta literatura son muchísimo más amplias que sólo el terrorismo, como veremos más adelante.

Por el momento, uno podría definir cuatro grandes tendencias mediante las cuales esta literatura labora. La primera tiene que ver con el diseño de conceptos apropiados para abordar las nuevas configuraciones del poder soberano. Una de éstas, por supuesto, es la ya mencionada trampa territorial, utilizada por Agnew para referirse a suposición equivocadas en las relaciones internacionales que implicaban al poder soberano como nítidamente contenido en el marco de fronteras nacionales. En efecto, la metáfora servía para argumentar que, en la actualidad, los estados se han convertido en instituciones de corte global y no sólo nacional (e.g.: Estados Unidos como el ejército del mundo capitalista).

Aparte de Agnew, otros autores han extendido la metáfora de la trampa territorial para referirse a otras y nuevas escalas del poder soberano. Algunos han extendido esta perspectiva hacia la implementación del poder estatal en escalas transnacionales, hablando de soberanías móviles; mientras que otros han comenzado a discutir la manera en que la soberanía opera a nivel subnacional, enfocándose en las llamadas geografías de exclusión. Es un marco conceptual que ha explotado de forma muy notable con nuevos términos como las zonas de soberanía gradualizada de Ong (2006) o las zonas de confinamiento, para refererise a espacios particulares que existen factualmente fuera de las reglas y las leyes que gobiernan el ordenamiento jurídico, provocando que existan espacios soberanos cuidadosamente establecidos para recortar dicha soberanía. En efecto, esto se relaciona con la precariedad legal que típicamente enfrenta a las personas migrantes en el marco de las actuales crisis, o a los prisioneros de guerra de la Guerra contra el Terrorismo.

En muchos sentidos, una parte de este trabajo ha sido influenciada notablemente por el trabajo de los teóricos Carl Schmitt y Giorgio Agamben (ver 1998 y 2005). La teoría de Agamben – en sí misma una interpretación de la teoría de excepción propuesta por Schmitt – ha sido particularmente influyente. Sus más grandes contribuciones se centran en la exploración del “homo sacer”, un concepto legal originario de los tiempos romanos que referían a la situación de un individuo que existía tanto dentro como fuera del ámbito de la ley. Usando el argumento de Schmitt sobre el “estado de excepción”, Agamben demuestra cómo el poder soberano muchas veces implica la producción de nuevas formas de “homo sacer” (o “vida básica”) a través de un conjunto de arreglos políticos simultáneos de abandono e inducción de estos individuos. Por medio del sistema legal, tanto prisioneros como migrantes son reducidos a una condición legal de “vida básica” con el objetivo de simultáneamente incluirlos dentro del ejercicio legal de la excepción, pero excluyéndolos de los derechos disponibles al resto de la ciudadanía. Desde su punto de vista, todos los ordenamientos jurídicos funcionan creando situaciones paradójicas que combinan inclusión y exclusión, produciendo así topologías particulares del poder estatal y creando umbrales que disciernen los derechos de las personas en el sistema.

Si bien su trabajo ha sido criticado con el pasar del tiempo (ver Mitchell, 2006) Agamben todavía continua siendo una influencia relevante en la literatura, en parte porque su obra se desenvolvió precisamente en el momento en que conceptos legales como “combatientes enemigos extranjeros” comenzaron a circular en la prensa en la década pasada. En efecto, mediante el análisis político y jurídico, el concepto del “estado de excepción” ha sido expandido para abordar otros fenómenos como el uso de prisiones políticas fuera de las fronteras nacionales, la creación de nuevos espacios para la acumulación global exentos de la transparencia pública y arreglos territoriales que definen limbos jurídicos para la implementación de los derechos de poblaciones minoritarias en estados nacionales (e.g.: reservas y territorios indígenas).

Esto está ligado a una tercer tendencia analítica, la cual tiene que ver con la manera en que las configuraciones de la soberanía estatal han implicado la difuminación de las fronteras entre binarios bien conocidos en la literatura académica (e.g.: lo externo y lo interno). Mucha de la literatura ha comenzado a dirigirse hacia el análisis de lugares donde el territorio es producido activamente por el soberano, desestabilizando la separación fácil entre extranjero y doméstico. Esto se presenta en la manera en que nuevas geo-legalidades aparecen relacionadas a conceptos respecto a quién es o no es un ciudadano con el propósito de ejercer dicho poder. Una gran parte de esta literatura, por ejemplo, se centra en la manera en que la territorialidad de la soberanía se involucra en la formación de nuevas y precarias condiciones legales para gente que se considera tiene menos derechos de acuerdo a interpretaciones estratégicas del poder (ver Cowen y Gilbert, 2008).

Finalmente, un cuarto tema analítico tiene que ver con explorar las diferentes formas en que el poder soberano es manifestado e implementado a través de la producción de nuevas y ambiguas formas de territorialidad. Este es el nexo entre el estado de excepción y el estudio de la gobernanza como gubernmentalidad, con la mayoría de los debates centrándose respecto a la compleja naturaleza del poder sobre formas de jurisdicción nuevas y excepcionales (y ni que decir asimétricas). En otras palabras, se trata de una exploración del tipo de poder político ejercido en espacios que existen como islas legales en el sistema político (como es el caso de prisiones, territorios ocupados, fronteras nacionales, espacios de procesamiento de migrantes “ilegales”, etc.). Es difícil negar que mucha de esta literatura ha sido influenciada por el trabajo de Foucault respecto al poder y la biopolítica.

En síntesis, tenemos cuatro grandes áreas temáticas en la literatura que incluyen: un esfuerzo por conceptualizar metafóricamente los nuevos entendimientos y prácticas de la soberanía en la sociedad global; un enfoque respecto a la exploración de sitios que funcionan como estados de excepción; una intervención más directa y cuestionadora con binarios antes tomados sin mucho debate en la literatura sobre soberanía; y una exploración de los tipos de poder – así como las resistencias particulares – que definen las particularidades de esos espacios.

Esto probablemente explique por qué la selección de temas de investigación se ha centrado al menos en cinco tipos de lugares tan bien definidos como prisiones, islas (especialmente aquellas bajo ocupación extranjera pero sin ser admitidas formalmente en esos estados), las aguas internacionales y el cuerpo (en el sentido más foucauldiano del término, es decir, centrándose en el ejercicio del poder soberano sobre el cuerpo). Todos estos espacios son de considerable importancia geopolítica y se manifiestan como áreas de lucha política de alta complejidad debido a la multiciplidad de escalas de ejercicio del poder, cosa que lleva a nuevos y más precarios arreglos legales que definen nuevas formas de ciudadanía y que reflejan la naturaleza contendida del poder estatal y la soberanía.