Hobsbawm, E.J. (2000). Bandits. Nueva York: The New Press. 

71Iow7pwX4L.jpgEste documento es, en esencia una expansión de un ensayo de Hobsbawm en una exploración del tamaño de un libro, esto con el objetivo de responder a algunas críticas de la publicación original en Primitive Rebels (1969). Algunas ideas continúan sin cambios. Primero que nada, los bandidos sociales siempre se comprenden como el producto de intransigentes relaciones de clase en contextos agrarios, operando dentro de los límites morales del campesinado. Sus fines políticos varían notablemente entre lo ambiguo, lo maleable o, incluso lo reformista. Para el autor, los bandidos constituyen un reto al orden económico, político y social precisamente porque se enfrentan con aquellas personas e instituciones que han declarado su control sobre el poder, la ley, y, especialmente, el derecho de decidir quién debe controlar los recursos y cómo. De alguna forma, ellos viven dentro de un orden social particular, pero en sí mismos son una crítica viva de dicho orden, cosa que lleva a Hobsbawm a entenderlos como una forma de “protesta y rebelión social” (21).

Por este motivo es que el autor señala que la distinción de quién es un bandido descansa fuertemente en la percepción de quien hace la declaración. La referencia aquí es a cómo las autoridades frecuentemente pintan a los agitadores de todos tipos – y en especial a las guerrillas – como enemigos de todos en un esfuerzo para deslegitimar sus justificaciones e identidades.

Para el autor, los bandidos sociales son un fenómeno casi universal en todas las sociedades, y a partir de eso decide categorizar este fenómeno. Se obtienen tres categorías recurrentes: (1) el noble bandido a la Robin Hood, (2) la resistencia primitiva (casi como un tipo de proto-guerrilla), y (3) el vengador que usa el terror como su arma. Lo común en todas las categorías es que tienden a crecer en momentos de crisis social y económica, convirtiéndose en los precursores de grandes revoluciones sociales (un ejemplo perfecto serían los cimarrones en el marco de las revoluciones haitianas).

El ladrón noble es quizás el más popular – dada la enorme mitologización social que recibe este personaje. Su rol es ser “el campeón, el que ataca todos los males, el que trae justicia y equidad social” (47). Su relación con el campesinado es de total identidad y solidaridad, con una imagen que refleja ambas cosas. Su imagen constituye el objeto de una enorme devoción, ocasionalmente ligadas con algún tipo de mitos de invulnerabilidad, misticismo e incluso vínculos o creencias religiosas a su alrededor. Obviamente, las percepciones de los bandidos no son todo “color de rosa” pero incluso en el caso de aquellos vengadores sanguinarios, existen narrativas que combinan su crueldad y terror con relatos sobre la nobleza de sus fines, transformándose en una percepción social de que sus actos fueron formas aceptables de venganza. Pero, con esto dicho, Hobsbawm reconoce que sus tendencias destructivas muchas veces son evidencia de la falta de programas sociales positivos: “su justicia social era la destrucción” (71).

Por definición, los bandidos están ligados de alguna forma a las redes de mercado y a los sistemas económicos más amplios. Ellos toman parte de actividades que les definen necesidades que, por su propia naturaleza, los lleva a relacionarse con el sistema político, económico y social ordinario. Quizás ese sea el factor crucial del bandido: su ambigüedad. Siguiendo a Hobsbawm: “(é)l es un extraño y un rebelde, un hombre pobre que se niega a aceptar las reglas normales de la pobreza, y establece su libertad usando los recursos que quedan a disposición de los pobres – fuerza, bravura, astucia y determinación” (95).

Si quisiera hacer una crítica al texto, diría que tiene que ver con el hecho de que Hobsbawm tiende a concentrarse demasiado en los bandidos, perdiendo de vista al sistema social en el que surgen. Muchas veces sucede que los bandidos resultan aniquilados o cooptados por las elites y estructuras que comenzaron victimizando, en gran medida por la propia debilidad estructural que los crea. Aquí el ejemplo de la piratería de la “región Caribe” y el reino Miskito del Caribe centroamericano constituyen ejemplos bastante ajustados de esta situación.