Podemos estar a más de veinticinco años de su estreno, pero South Park: Bigger, Longer & Uncut no deja de ser una extraña anomalía del cine animado gringo. Esta es una película que emplea el humor más vulgar y chabacano posible para desmontar sistemática e inteligentemente los pilares ideológicos más persistentes de la cultura y geopolítica estadounidense. Escandalosa desde su publicación, la película ofrece una crítica interesante del imperialismo y las masculinidades el Estados Unidos antes del 11-S que sigue siendo incisiva hoy.

La trama. Todo comienza cuando cuatro niños de un pueblito de Colorado – nuestros protagonistas – van a ver una película canadiense en el cine. El filme en cuestión (si se le puede llamar así) es en realidad una colección infinita de palabrotas y chistes sobre incesto y pedos. Pero a los güilas les encanta y empiezan a repetirlos cada vez que pueden, especialmente, en su escuela. Inevitablemente, esta conducta lleva a que insulten a sus maestros usando repertorios de la película, lo que provoca que sus horrorizados padres desaten un “pánico moral” que escala sin control desde demandas para censurar la película en Estados Unidos, hasta el arresto de los canadienses que hicieron el filme y eventualmente hasta una guerra entre Estados Unidos y Canadá. Y, mientras esto sucede, en la trama B, este conflicto armado motiva a Satanás – sí, al diablo mismo -, bajo presión de su novio – un recientemente fallecido Saddam Hussein – a salir del infierno para aprovechar la destrucción inminente para iniciar el apocalipsis.

Sí, es un desastre de trama… pero, perfectamente dentro del estándar usual de South Park, una serie acostumbrada a poner más atención a la sátira de fondo que a la narrativa formal. O sea, la intención del filme es que la absurda premisa sea el vehículo de una letanía de críticas mucho más potentes.

Intervencionismo, militarismo e imperio. ¿Y cuál es la crítica se preguntarán ustedes? Pues en este caso se centra en el intervencionismo militar gringo, puntualmente esta asombrosa capacidad de ese país para movilizarse acríticamente detrás de cualquier causa falsa, enemigo inventado o cruzada moralista que se les ocurra.

El centro de la historia es que Estados Unidos y Canadá van para la guerra y ese es el chiste, que las lógicas históricas del intervencionismo gringo son capaces de construir un enemigo a partir de su principal aliado geopolítico. El filme ofrece una crítica de cómo es que la política de ese país construye enemigos, en este caso, a partir de el pánico moral de un grupo de tatas contra dos vulgares actores canadienses. Luego se centra en cómo la propaganda estatal es capaz de movilizar a la ciudadanía y escalar militarmente el conflicto y cómo todo lo anterior se moraliza para presentar a Estados Unidos como una nación perpetuamente sujeta a un peligro existencial que demanda este intervencionismo. El centro de la crítica de South Park es cómo el Estado más poderoso del mundo se construye discursivamente una y otra vez como una nación inocente e infantil, sujeta al terrible riesgo de ideas extranjeras que la hacen perder su camino para así justificar el uso de la fuerza.

Es innegable que esa es una crítica potente y actual… y que lo digan el montón de lanchas de pescadores venezolanos que la Marina estadounidense ha venido destruyendo en el Caribe en semanas anteriores bajo la débil e infundada justificación de ser narcotraficantes; o de las amenazas constantes de invasión a ese país basadas en la acusación igualmente falsa de que ese gobierno es la madre de todos los carteles de drogas.

Es una crítica fuerte que denota ideas de cómo el intervencionismo militar estadounidense frecuentemente parte de un halo de supuesta inocencia perdida para justificarse… claro está, hasta que deja de serlo. Verán, la guerra eventualmente deriva en que Satanás hace su regreso a La Tierra para provocar el apocalipsis. Pero, lejos de que ese sea el desenlace, el mundo no termina destruido. Verán, durante todo el filme, el diablo tiene problemas lidiando con su dominante novio, y en agradecimiento a uno de los chicos protagonistas por asistirle con este problema, decide no destruir el mundo y más bien reestablecer el orden y acabar la guerra. Evidentemente, el orden reestablecido es de connotaciones estadounidenses con un mínimo esfuerzo crítico para confrontar la manera en que dicho orden construye al “otro” y provoca guerras como resultado. Entonces, lo que el desenlace nos dice es que discursivamente, Estados Unidos y su orden hegemónico jamás dejarán de ser construidos como víctimas eternas, siempre inocentes y siempre justificadas en su deseo de intervenir, “disciplinar” y construir al otro como amenaza.

¿Masculinidades imperiales? Otro eje bastante complejo del filme tiene que ver con las masculinidades y la forma en que éstas se entrelazan con esa construcción ideológica del imperio que les contaba antes.

El filme no habla de un sólo tipo de masculinidad, sino que de muchas.

Por un lado hay una forma grotesca e infantil de masculinidad que queda bien demostrada por los mismos chicos protagonistas. Cartman, Stan y Kyle encarnan una forma impulsiva, caótica y emocionalmente descontrolada. Obviamente, se trata de tres niños, pero el filme sugiere que su comportamiento está vinculado con algo más profundo: que esta forma infantilizada de masculinidad no es solamente una fase de crecimiento (i.e.: niños siendo niños) sino que constituye el molde básico desde el cual se forman todos los demás hombres del filme que sí ocupan posiciones de poder. En efecto, la impulsiva irresponsabilidad de los niños encuentra un correlato perfecto con los generales, soldados y políticos del filme que se comportan de forma igualmente irresponsable, provocando caos por donde puedan hacerlo y confiando en que otras personas ordenen el despelote que están produciendo.

Esto se vincula con una forma de masculinidad más viril, agresiva, disciplinaria y excluyente, fuertmente reflejada en la trama militarista y en la forma en que se presenta a las mujeres. Es que, obviando a la mamá de Cartman, que tiene un rol clave como la voz del pánico moral contra el filme canadiense, las mujeres prácticamente no tienen agencia en el filme y en los pocos casos que la tienen, generalmente están subordinadas a las tramas de sus contrapartes masculinos. Así, el filme pareciera sugerirnos que el imperialismo y el intervencionismo gringo está conectado con una dominancia de estas masculinidades irresponsables, viriles y agresivas.

Un contrapunto curioso aquí es quizás el personaje de Saddam Hussein, quien, como dije es el novio de Satanás. Verán, en el filme, todos los personajes son caricaturas animadas, excepto él. El es el único personaje con el que los animadores usan su apariencia física real (digo, en la forma de una fotografía animada de la persona real). Y no es porque es el único personaje basado en una persona real, porque hay otras celebridades en el filme que salen como personajes animados sin referir a su apariencia real.

Curiosamente, Saddam se nos presenta como otro ejemplo de esta masculinidad viril, agresiva y violenta, pero la diferencia con los personajes estadounidenses que también despliegan estas conductas es que su participación es muchísimo más sexualizada, abusiva y grotesca. El filme le define como un novio abusivo e hipersexual y como el único de los personajes que despliega su comportamiento irresponsable con la intención de dominar activamente a los demás. O sea, si bien hay otros personajes que actúan muy machos en el filme, todos lo hacen desde un lugar de inseguridad y con la intención de verse fuertes, pero sólo Saddam lo hace con una agenda de dominación explícita. De algún modo, el hecho de que sea uno de los pocos personajes centrales racializados, esta presentación termina haciendo eco de esa larga tradición hollywoodense de ofrecer villanos racializados como depositarios de toda la violencia, dominación y maldad que, curiosamente, no se ve reflejada en el intervencionismo estadounidenses que South Park quiere criticar.

¿Cómo interpreto esto? Bueno, si combinamos ambos hilos del filme – imperialismo y masculinidad – concluimos que la ridícula guerra entre Estados Unidos y Canadá es indivisible del infantil impulso masculino de demostrar fuerza. Eso es lo que descansa en el centro de la sátira: para South Park, Estados Unidos es como Stan, Kyle o Cartman, un niño travieso, inmaduro y emocionalmente volátil, capaz de emprender escaladas y conflictos similiar a como un chiquillo hace una rabieta. Claro está, el problema de esta crítica (que a la vez enlaza con la problemática representación de Saddam) es que si partimos de esta noción de un imperio inocente y volátil, de algún modo terminaremos concluyendo que lejos de interpretar que esas rabietas imperiales y los errores subsecuentes son el resultado de estructuras de dominación deliberadamente construidas, la película sugiere que son sólo errores banales y muy simpáticos.

Conclusiones. Esencialmente, el filme pareciera argumentar que, sí, el imperio estadounidense es como un chiquito, siempre víctima de peligros externos, pero cuya actitud – por más destructiva que sea – es inevitable, benigna y sin culpa.

Así, South Park es una sátira brillante que ayuda a exponer la neurosis cultural, militar y moral de Estados Unidos. Pero a la vez, es un recordatorio de cómo una premisa cómica puede terminar amortiguando la crítica que se quiere hacer. Sí, la película nos invita a morirnos de risa sobre las malacrianzas de un imperio de hombres infantilizados… pero a la vez, banaliza la verdadera expresión del imperio gringo, a costas de desmontar más quirúrgicamente su poder.

Para South Park, el intervencionismo estadounidense es inevitable, pero a la vez banal y sin capacidad de ser responsabilizado; al tiempo que la verdadera amenaza de dominación existe pero está afuera del imperio, no dentro.